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Música y compromiso social

Luis Guitarra

A lo largo de la Historia, todas las creaciones musicales han supuesto un cierto compromiso con la sociedad y la época en la que se producen, bien por su funcionalidad (celebraciones religiosas, fiestas populares...), bien por su relevancia como lenguaje capaz de transmitir la tradición oral, comunicar sentimientos, expresar la belleza, difundir valores...

Sin embargo a partir de mediados del siglo XX, surge en diversos países (EEUU y Francia principalmente) una corriente de artistas que, por la temática de sus canciones y por su forma de difundirlas y presentarlas al público, vinculan el compromiso social y la música de una manera más evidente e intencionada.

En España, no es hasta finales de los años 60 cuando se empieza a escuchar artistas que hacen con su música bandera de los ideales y de los gritos de libertad que, poco a poco, se abren camino en las universidades y en algunas parroquias de los barrios obreros, principalmente de Madrid y Barcelona.

En los años 70 la canción de autor ya es una realidad, si bien entonces se hablaba más de "canción protesta", siendo sus más claros exponentes Raimon, Luis Llach, Serrat, María del Mar Bonet, Paco Ibáñez, Vainica Doble, Luis Pastor, Labordeta, Víctor Manuel, Aute,... y que durante los siguientes años sufrirán - en la mayoría de los casos - una clara transformación, perdiendo peso su lado reivindicativo y de protesta, para establecerse en una posición menos comprometida socialmente y más de acuerdo con las exigencias del mercado discográfico.

Todo este fenómeno musico-social tiene un proceso paralelo entre artistas creyentes vinculados y comprometidos con la Iglesia que, por aquel entonces, precisaba una renovación de sus cancioneros tradicionales para adaptarse a los nuevos aires que se empezaban a respirar ya en 1965, tras el Concilio Vaticano II.

De esta forma surgen para las celebraciones y para los coros de jóvenes - que existían en casi todas las parroquias de España - decenas de nuevas canciones puramente litúrgicas de la mano de autores que ya son clásicos (Cesáreo Gabaráin, Carmelo Erdozáin, Antonio Alcalde, José A. Espinosa, Brotes de Olivo, Ricardo Cantalapiedra,...). Junto a ellos y, sobretodo a partir de los años 80, otros artistas y grupos que, partiendo de los valores del Evangelio, buscan desde unas canciones menos explícitas llegar a otros públicos y espacios sin limitarse a los estrictamente celebrativos.

Estos últimos son los que acaban encontrando una identificación mayor entre una música de clara inspiración cristiana y un evidente compromiso social, tanto por el contenido de sus letras (pobreza, exclusión, lucha por la justicia...), por las formas de distribución alternativas (desde la gratuidad, el precio libre) que destinan los fondos recogidos a diferentes ONGs, o por la implicación de los propios autores o intérpretes en proyectos y realidades que superan lo estrictamente artístico.

Desde la Editorial San Pablo se ha venido apoyando y difundiendo desde hace años a muchos de estos autores, con la convicción de que la música y la fe son dos buenas herramientas para la evangelización de todos y para la transformación del mundo.

 

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